UNA CONVERSACIÓN CON HILMA 

El camino comienza aquí como una relación entre dos. Una conversación con Hilma adopta la forma de un díptico: dos campos pictóricos enfrentados y, al mismo tiempo, enlazados por un sistema de elipses que atraviesa la separación física entre los lienzos. La unidad de la obra se construye precisamente a partir de esa fractura.

Cada panel desarrolla una atmósfera cromática propia. Rojos, negros y naranjas concentran uno de los campos; verdes, azules y violetas dominan el otro. El color tiene una dimensión simbólica y establece dos estados diferenciados, pero las líneas elípticas impiden que permanezcan aislados. Cruzan de un lienzo al otro, cambian, regresan y construyen continuidad allí donde materialmente existe una separación.

En ese recorrido aparecen entidades espirituales procedentes de distintos imaginarios. Cuerpos, criaturas y signos emergen entre la materia pictórica como diferentes intentos de dar presencia a aquello que no pertenece enteramente al mundo visible. No forman una narración ordenada: aparecen, se superponen y acompañan el movimiento de las elipses.

En el punto de encuentro entre ambos lienzos, el círculo blanco adquiere una presencia radical. Frente a la densidad de figuras y color que ocupa el resto de la obra, allí la imagen se suspende. Las líneas llegan hasta él y continúan su recorrido. El camino atraviesa un lugar que la pintura deja sin representar.

La conversación con Hilma af Klint está en la propia construcción del cuadro. Geometría, color y símbolo funcionan como instrumentos para pensar relaciones que exceden la apariencia visible. La elipse, además de organizar la composición, introduce una idea de recorrido sin principio ni final inequívocos: avanzar puede significar también regresar, cruzar de un estado a otro y volver a encontrarse con una misma forma desde otro lugar.

El díptico convierte así la dualidad en experiencia pictórica. Dos superficies, dos campos cromáticos, multiplicidad de entidades y un mismo movimiento que los atraviesa. La separación permanece visible, pero deja de significar ruptura.

El camino sucede precisamente entre ambos.