INSTANTE DE SINCRONIZACION ARQUETIPICA

El cuerpo humano ha sido, desde antiguo, una medida desde la que imaginar el mundo. En Instante de sincronización arquetípica, esa relación toma la forma del Árbol de la Vida, una de las grandes estructuras simbólicas de la tradición cabalística. Sus diez sefirot, enlazadas por veintidós senderos, configuran un mapa de emanaciones, relaciones y tránsitos entre lo material y lo espiritual, lo particular y lo universal.

El Árbol se inscribe directamente sobre el cuerpo. Sus centros y caminos encuentran correspondencias en la anatomía, mientras la figura, frontal y expuesta, conserva toda su presencia física. Geometría y carne conviven en una misma imagen. El símbolo propone un orden y la pintura lo hace cuerpo.

El color pertenece a esa misma arquitectura. La obra utiliza el lenguaje simbólico vinculado a las emanaciones divinas: las diferencias cromáticas hacen perceptibles distintas cualidades dentro de una estructura común. Color, línea y cuerpo construyen así una red de correspondencias entre lo humano y lo trascendente. El color deja de acompañar al símbolo para formar parte de su lenguaje.

Ese sistema cromático se prolonga en las bandas horizontales del fondo y encontrará después su desarrollo en Los umbrales. El espacio se dispone en estratos, como distintos estados que pueden coexistir en un mismo instante. Lo que aquí aparece reunido se desplegará después como recorrido en Despertar, Laberinto, Metamorfosis e Iluminación. El cuadro contiene así, en potencia, el camino que vendrá después.

En el trasfondo de esta iconografía confluyen distintas tradiciones de la mística judía medieval. El Sefer Yetzirah relaciona las diez sefirot con veintidós vías fundamentales, mientras que el Zóhar o Libro del Esplendor profundiza en la concepción de una realidad articulada por emanaciones y correspondencias. La redacción y difusión del Zóhar están estrechamente vinculadas por la investigación moderna a Moisés de León (c. 1240–1305), quien pasó los últimos años de su vida en Ávila y murió allí. En el contexto de la exposición, su figura incorpora a este universo simbólico una memoria vinculada también al territorio.

El título nombra el momento en que todas estas relaciones parecen coincidir. Cuerpo, color, geometría y símbolo se sincronizan en una misma imagen. Lo arquetípico deja de ser una forma distante o perteneciente únicamente al pasado: reaparece, encuentra un cuerpo y adquiere una nueva presencia.

La pintura fija ese instante de equilibrio en el que distintas dimensiones del ser parecen reconocerse dentro de un mismo orden.