IKIGAI
En Ikigai, el cuerpo funciona como un territorio de inscripción. Sobre él confluyen lo humano, lo animal y lo mecánico, no como elementos independientes, sino como partes de una misma construcción visual. El rostro conserva una presencia precisa e intensa, mientras alrededor y sobre la piel se acumulan imágenes, signos y formas que expanden la figura más allá de su anatomía.
Los tatuajes son esenciales en esa construcción. La piel deja de ser únicamente superficie para convertirse en soporte de imágenes elegidas: animales, anatomías y signos pasan a formar parte del cuerpo que los porta. El gesto de tatuarse introduce una operación antigua y profundamente cultural: hacer visible en el cuerpo aquello con lo que se establece una relación de pertenencia, memoria o identificación. La imagen no representa solamente al individuo; muestra también las imágenes con las que ese individuo decide construirse.
Entre ellas aparece la serpiente, una de las figuras de mayor persistencia simbólica en la historia de las culturas. Su capacidad para mudar la piel ha hecho de ella una imagen recurrente de renovación y transformación, aunque sus significados nunca hayan sido únicos. En la obra no necesita resolverse en una interpretación concreta: su potencia reside precisamente en esa memoria acumulada que reconocemos incluso antes de atribuirle un significado.
Frente a ese repertorio orgánico, lo mecánico introduce otro orden de formas. Tubos, engranajes y estructuras artificiales se integran en la figura hasta hacer difícil determinar dónde termina el cuerpo y dónde comienza aquello que ha construido. Naturaleza, cultura y artificio ocupan así una misma superficie pictórica.
La pintura acentúa esa condición mediante las irrupciones de amarillo y azul que atraviesan la composición. Son gestos que no obedecen a la anatomía ni a la descripción de los objetos: cubren, cortan y relacionan. Frente a la precisión figurativa de determinadas zonas, estas intervenciones devuelven la mirada a la materialidad de la pintura. El cuerpo se construye mediante símbolos, pero también mediante pintura.
El título, Ikigai, introduce el concepto japonés asociado a aquello que confiere valor y sentido a una existencia. En la obra, esa idea encuentra una formulación visual en una identidad que se construye por acumulación y elección: aquello que recibimos, aquello que reconocemos como propio y aquello que incorporamos a nuestra manera de estar en el mundo.
Dentro de El arquetipo, Ikigai plantea la capacidad de ciertas imágenes para permanecer mientras cambian sus formas y sus contextos. El animal convertido en símbolo, el símbolo inscrito sobre la piel, el cuerpo atravesado por el artificio: diferentes estratos culturales quedan reunidos en una figura contemporánea.
La figura emerge así como una identidad hecha de imágenes: algunas heredadas, otras elegidas, otras todavía en construcción.

